miércoles, 30 de agosto de 2017

Piso de estudiantes



Como ya he contado en alguna ocasión, tuve que marcharme de casa de mis padres a los dieciocho años porque donde yo vivo no podía estudiar lo que quería. La mejor opción, tanto por economía como por libertad horaria, era irme a un piso de alquiler con otros compañeros, y eso hice. Una vez allí, fui cambiando de piso y compañeros hasta que di con otros compañeros con quienes me llevaba estupendamente.  Juntos, encontramos un piso que nos encantó y a buen precio, pero con una extraña condición: la dueña, Rosa, nos explicó que su hija, también Rosa, tenía que limpiarnos el piso un par de veces por semana. En un primer momento nos pareció un poco raro, pues estábamos acostumbrados a limpiar nosotros, pero como, a pesar de incluir el pago de las horas de limpieza, el precio era realmente bueno y el piso nos había encantado, decidimos aceptar.

En el piso vivíamos en armonía los cuatro compañeros. Fernando era un chico alto y fuerte que jugaba en el equipo de baloncesto de su pueblo. Tenía el pelo negro, así como los ojos. También vivía Tony, el guaperas del piso con su pelo rubio y sus ojos verdes, era raro el fin de semana que salíamos y no conseguía traerse un ligue a casa. No era tan alto como Fernando, pero también estaba fuerte porque le gustaba hacer pesas. Luego estaba Ricardo, Ric para los amigos. Salvo contadas excepciones, era un amante del deporte de no hacer nada, excepto sentarse en el sofá para ver la televisión en su tiempo libre, por lo que estaba algo regordete. Aun así, era con quien mejor me llevaba, pues era muy buen tío. Siempre estaba con la sonrisa puesta bajo su desarreglada melena negra y sus ojos marrones. Y por último estaba yo. Ya por aquel entonces me dedicaba a correr, bastante rápido por aquella época, por lo que estaba fino y fibroso. Llevaba mi corto pelo negro estudiadamente despeinado, cosa que sigo haciendo también, entonces ya tenía claro que mis ojos negros eran muy expresivos y que mi culo atraía la mirada de las chicas.

domingo, 13 de agosto de 2017

Nos vamos a correr



Últimamente he tenido que ir más a rehabilitación de lo que me gustaría, por suerte no con una lesión crónica, pero que sí se me ha reproducido más de una vez. No me ha quedado más remedio que ir, una y otra vez, a la clínica de fisioterapia de mi amiga Isabel, de quien ya os conté otra historia. Pero ésta que os cuento no tiene nada que ver con ella, sino con Marga, otra de las pacientes que solía coincidir conmigo haciendo ejercicios de rehabilitación.


Marga es una mujer de mi edad más o menos, rubia, de ojos pardos y delgada. Tiene unos pechos no muy grandes, pero un culo muy bien puesto por el deporte que hace. Además, le gusta correr tanto o más que a mí, por lo que pronto congeniamos hablando de cómo nos habíamos lesionado, la duración del tratamiento, cuándo podríamos volver a correr, así como de tipos de estiramientos y ejercicios de calentamiento. Es más, quedamos en que, una vez estuviésemos recuperados, saldríamos a correr juntos, pues nuestros ritmos eran similares. Y eso hicimos una vez listos, empezamos a correr por las mañanas antes de ir a trabajar. Pronto vi que Marga estaba tremendamente en forma, pues si apretaba me podía dejar atrás, aunque no tardé mucho en mejorar mi forma y estar más o menos a su altura.